“El descontento social por la vía política y las instituciones”-La Silla Rota.

El deterioro de la confianza social e incluso la disminución en la adhesión a la democracia no se resolverán con la exhibición de indicadores económicos.

Javier Santiago Castillo   2014-12-05

México vive momentos ominosos, de indudable trascendencia para su presente y futuro. Debemos reconocer, sin ambages ni eufemismos, la crisis en que se encuentra nuestra vida pública.

Empleo en toda su significación el concepto “crisis”, como mutación importante en un curso de acción y como situación dificultosa y complicada, no como sinónimo de catástrofe.

Se trata, hay que decirlo, de una crisis largamente incubada. El crecimiento de la violencia criminal; la irrupción de la violencia social derivada de la desesperación y el hartazgo; la arraigada impunidad; el divorcio entre las instancias representativas del Estado y las demandas de la sociedad; la frustración social ante un crecimiento económico excluyente, polarizante; la creciente desconfianza; y la desesperanza ante un futuro que les ha sido secuestrado a amplios sectores sociales, son sólo algunos de los signos que se han acumulado en los últimos años, tal vez habría que decir en las últimas dos décadas.

En medio de todo, la sociedad ha respondido con métodos democráticos. La protesta pacífica tiende a imponerse como medio para hacer oír la voz de todos y exigir soluciones. Sobreponiéndose a la retórica desaforada de la antipolítica y la antiinstitucionalidad, la sociedad reclama urgente diálogo y  acciones institucionales que frenen el deterioro de la convivencia.

Lo hace así, porque comprende que derruir las instituciones sólo agravaría la actual crisis; que embozados o no, con bombas molotov o con discursos tan delirantes como socialmente irresponsables, quienes enarbolan ese discurso sólo proponen una ruta hacia la nada. Porque después de la demolición de las instituciones no existe ninguna Arcadia, sólo la polarización, la desconfianza mutua… la confrontación permanente.

Atento a las voces de inconformidad social que hemos presenciado en los últimos meses y que, espero para bien, seguiremos escuchando, celebro que sea la expresión en su más amplia libertad y la manifestación pacífica del descontento lo que esté prevaleciendo. Puedo decir que la democracia ha salido a la calle. Enhorabuena.

Por ello creo que la protesta y el anhelo de vivir en paz deben también ir a las campañas electorales y a las urnas. Son el mejor camino de salida de la crisis. Quienes proponen que la sociedad se ausente de las urnas e incluso se aprestan a boicotear la elección sólo cumplen el triste papel de auspiciadores de la regresión autoritaria. La historia nuestra y de los países del cono sur está poblada de ejemplos al respecto.

Martin Luther King dijo que “lo peor no son los hombres malos, sino el silencio o la indiferencia de los hombres buenos”. Todos tenemos algo que decir y algo que hacer, cada quien en su espacio.

Los partidos tienen la indeclinable responsabilidad de verificar que sus candidatos no tengan nexos con los grupos criminales; de presentar candidatos y propuestas que contribuyan a reconstituir el genuino vínculo representativo entre el poder político y la sociedad. Los partidos tienen el reto de llevar las voces de la calle al debate político.

El Instituto Nacional Electoral, estoy seguro, cumplirá adecuadamente su función organizadora del proceso electoral. Pero también estoy cierto que la calidad democrática de nuestros comicios va más allá de asegurar condiciones equitativas de competencia electoral, instalar casillas y contar bien los votos. La institución electoral, nacida de la exigencia ciudadana, debe propiciar la ampliación de los causes democráticos y acompañar el reclamo de la sociedad.

Estamos conscientes que el control del Estado  sobre algunas regiones del país se ha debilitado; que el miedo, la extorsión e incluso la pérdida de la vida y el valor de la vida han ocupado los espacios en los que el Estado y sus instituciones han retrocedido. Recuperémoslos.

Debemos hacernos cargo de que el deterioro de la confianza social e incluso la disminución en la adhesión a la democracia para alcanzar tan sólo el 37% de la población en 2013, no se resolverán con la exhibición de indicadores económicos que pese a su volatilidad siguen siendo buenos pero nada tienen que ver con la realidad cotidiana de la población, con la mitad de la economía en la informalidad y con más de la mitad de los mexicanos por debajo de la línea de la pobreza.

La democracia es, ciertamente, el medio para la renovación legal y pacífica de los gobernantes; pero también es un modelo de convivencia social que exige atemperar la polarización social, desterrar la inseguridad y la impunidad y asegurar la vigencia del Estado de Derecho. Es en suma, el modelo político que nos permite a todos habitar la casa común, sabernos parte de esta sociedad y de este país y que este país nos pertenezca a todos.

La crisis nació en la política; en la política debe resolverse. Porque si lo hace en otro campo, el país lo pagará con largos años de tribulación.

@jsc_santiago

Fuente: http://lasillarota.com/el-descontento-social-por-el-cause-de-la-politica-y-las-instituciones#.VKMBnF4CA

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