La formación y transformación del poder político

2018-01-04

El fin o inicio de año siempre se prestan para realizar balances de distinta naturaleza. Dado el oleaje electoral en que nos encontramos navegando es buen momento para reflexionar sobre el poder político en México. Considero que, para analizar la realidad política presente, necesariamente debemos tener el referente del pasado.
En este diciembre releí un pequeño libro (apenas 76 páginas de texto y 23 de notas al pie) de Arnaldo Córdova titulado “Formación de poder político en México”. El libro sólo ha tenido una edición (1972) y hasta 2012, treinta y dos reimpresiones. Con seguridad muchas generaciones de politólogos y no politólogos han posado su mirada en él; aunque en años, no recuerdo que alguien lo haya traído a la mesa de la discusión política. Afirmo que es un clásico algo olvidado de nuestra Ciencia Política.
Pero como todos los clásicos, siempre tienen sendas novedosas que mostrarnos cuando aguzamos la vista sobre ellos. El contexto de la relectura es, sin duda, la contienda electoral de 2018.
El punto de partida teórico de Arnaldo Córdova es que la Revolución mexicana fue una revolución política, no una revolución social, porque sólo se planteó “…la destrucción de este orden público (el porfiismo) y la reforma de la propiedad” y no la “…eliminación de la propiedad misma…”
De esta manera el origen del poder político en México en el siglo XX es producto de la Revolución, pero toma elementos de las aspiraciones de la generación de liberales del siglo XIX que forjaron un México independiente.
Una aspiración central de esa generación, impulsada desde Juárez hasta Porfirio Díaz y retomada por Carranza y los constituyentes del 1917 y cuidadosamente cimentada por los generales Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas, fue tener una presidencia fuerte.
Obregón y Calles tuvieron anhelos caudillistas o de ser el poder tras de la silla presidencial respectivamente. Pero el mérito indiscutible del segundo fue crear una institución partidaria con el fin de resolver el acceso al poder pacíficamente, sin asonadas o sublevaciones militares. Lo que no infirió Calles es que el mismo partido creado por él fuera uno de los instrumentos para desplazarlo de su calidad de “Jefe Máximo” por el presidente Cárdenas. Este último afinó el instrumento partidario en un juego político entre manipulación y concesiones de las organizaciones de masas obrera y campesina produjeron el populismo mexicano.
La articulación partido-organizaciones de masas, de las que no fueron excluidas las organizaciones patronales, y la desaparición física o de la escena política de los grandes generales de la revolución llevo a la construcción del engrane sistémico sustancial: el presidencialismo. Caracterizado por la concentración de atribuciones constitucionales o metaconstitucionales, que lo convirtieron en eje, no sólo de las grandes decisiones políticas sino de las directrices económicas, que buscaron un margen de desarrollo autónomo en un país subdesarrollado y dependiente.
La fuerza del Estado, depositada en el poder ejecutivo, era necesaria para impulsar el desarrollo capitalista del país construyendo grandes obras de infraestructura con el fin de ampliar el mercado interno cimentado en el porfiriato. Desde la perspectiva del autor, la articulación de las medidas para la construcción del mercado interno aunado al presidencialismo favoreció la consolidación de un régimen autoritario.
En síntesis, coincido en el análisis de que ese es el origen del poder político en México. Hoy, ya no es el mismo. El poder ha sufrido transformaciones, algunas de ellas sustanciales. Sin dejar a un lado la marginación y la pobreza presente en el país, el mercado nacional es amplio y tiene una fuerza propia derivado de la inversión de capitales nacionales y extranjeros. La inversión del Estado es importante, pero no sustantiva para la dinámica del mercado. El poder ejecutivo ha ido perdiendo su función de pivote de la actividad económica; se ha plegado a la visión del predominio del mercado. Están presentes en la vida económica mundial trasnacionales mexicanas (Bimbo, Corona, Cemex, Telmex y otras). Así como tienen presencia en México los grandes capitales trasnacionales, principiando por las empresas automotrices del mundo.
Desde el ámbito político la presidencia dejó de jugar el papel central que tuvo en el pasado, pero, aunque continúa teniendo relevancia en el engranaje sistémico, concurren contrapesos institucionales que en el pasado no existían. Como son los organismos autónomos que han sustraído atribuciones al poder ejecutivo o, en los hechos, supervisan su actuar. El Congreso tiene un papel protagónico y con perfil más discreto la Suprema Corte de Justicia. A pesar de que el partido gobernante continúa teniendo capacidad de movilización clientelar, está lejos de mantener los controles corporativos del pasado. Además, porque las organizaciones de masas corporativas (CTM, CNC y CNOP) sólo proyectan sombras de lo que fueron en el pasado.
Por otro lado, el presidente dejó de ser el gran elector al congreso federal, pasando por las gubernaturas hasta llegar a la presidencia. Lo que sí ha mantenido es la fuerza suficiente para decidir candidaturas. El actual presidente emanado de las filas del PRI ha podido realizar lo que no pudo hacer el presidente de la alternancia Vicente Fox y con dificultades materializó Felipe Calderón: inclinar la balanza a favor de un candidato sin militancia partidaria. Eso se debe a la sobrevivencia de una cultura política colmada de rituales, entre ellos la disciplina, sobrevivientes del pasado.
El engrane sistémico que es el poder ejecutivo, independientemente del candidato ganador en la elección presidencial, no tendrá a su alcance los medios políticos para mantener el equilibrio político actual. Es alta la probabilidad de contar con la presencia de un Congreso dividido, sin mayoría absoluta de ningún partido, las alianzas se volverán cruciales. Los partidos bisagra adquirirán una preminencia nunca antes vista. Las políticas públicas, que transitan por el presupuesto, serán debatidas fogosamente.
Nunca como antes en la historia del país, el presidente tendrá que ser articulador de múltiples visiones, voluntades e intereses nacionales y globalizados. Ardua tarea. La prueba será dura. Para contribuir a la viabilidad del sistema tendrán que ser generosos vencedores y vencidos. El primer acto tendrá que ser el reconocimiento del triunfador sin dramatismos catastrofistas. Con responsabilidad tendrán que evaluarse avances, estancamientos y retrocesos para construir alternativas viables que produzcan bienestar generalizado. Aunque no se vislumbra que el tema esté en el terreno de las preocupaciones de los candidatos.
No sería mala idea, sino una sugerencia de que, los candidatos y sus equipos, leyeran y reflexionaran sobre los orígenes del poder político en México, para transformarlo con visión de futuro.
*Profesor UAM-I
@jsc_santiago
http://www.javiersantiagocastillo.com

Vía: ATTIMES.MX 

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