“Los partidos políticos, en la encrucijada” Excélsior.

Están el dilema de obstinarse en sus antiguos modos y modelos, o rediseñar sus mecanismos de interacción con una ciudadanía cada vez más crítica y escéptica

Opinión del experto nacional 02/03/2015 02:01

Por Javier Santiago Castillo*

Durante los últimos diez días, siete partidos abandonaron las sesiones del Consejo General del Instituto Nacional Electoral (INE), expresando críticas a la acción institucional que resumieron en 15 puntos. Para fortuna de todos, cuatro de ellos han vuelto a su función representativa. Confío en que los tres restantes lo harán en los próximos días. Con el concurso de todos se está construyendo un entorno de mayor y mejor diálogo. No todo está resuelto. Consejeros y partidos arribamos a la misma solución, pero lo hacemos desde perspectivas distintas. No podría ser de otra manera en un entorno de pluralismo y con entes —partidos y autoridad— que son distintas en cuanto a su conformación, propósito, mecanismos de acción y, sobre todo, responsabilidad pública.

Hay  que tener presente que los partidos políticos nunca han tenido muy buena reputación. A nivel mundial, lo mismo desde el liberalismo individualista que desde teorías que suponen la sociedad civil como un cúmulo de virtudes en contraposición a supuestas inferioridades morales de la esfera política, siempre han sido objeto de crítica e, incluso, de repulsa.

Pero no puede negarse que la agrupación de ideas e intereses que encarnan los partidos es y ha sido funcional a las sociedades y al paradigma democrático.

Al menos desde las revueltas europeas de 1848, en que adquieren su forma moderna, los partidos acreditaron su eficacia para articular en torno a sus programas políticos y visión ideológica las demandas de la ciudadanía. Lograron constituirse en conducto privilegiado para elevar a la esfera pública las aspiraciones de los segmentos sociales que se ven representados en su actuar e, incluso, de los que no se identifican con ellos pero que entablan relaciones de apoyo o crítica a las acciones de los gobiernos que emanan de los partidos y enarbolan su propuesta política.

En el país, nuestros partidos políticos se constituyeron como eficaces conductos de las aspiraciones democráticas de la población y fueron actores fundamentales en la construcción del sistema democrático en que hoy vivimos. Los setenta y ochenta fueron décadas luminosas, en la que los partidos políticos estuvieron a la altura de las circunstancias. El arribo de los noventa significó el inicio del deterioro en la confianza social en los partidos.

En diversas latitudes, la prejuiciosa adhesión a quienes se ostentan como independientes o bien como antipartidistas, expresa las visiones indicadas al principio. Las experiencias no han sido del todo positivas. La elección y gestión de gobierno de Alberto Fujimori, en Perú, es buen ejemplo de ello. No es el único caso. Numerosos grupos de interés han actuado siempre al interior de los órganos del Estado o de los partidos, distinguiéndose orgánica y políticamente de ellos pero promoviendo sus intereses y obteniendo posiciones de poder.

Tales grupos tienden a ser efímeros en su organicidad y faltos de responsabilidad ante la ciudadanía en sus acciones desde el poder. En tanto no enarbolan una propuesta abarcadora ni, a veces, clara, no es infrecuente que realicen desde el poder acciones inconsultas con su electorado o claramente contrarias sus intereses.

Hoy en día, se suele hacer política mediante la antipolítica, en la que la indispensable y socialmente productiva crítica sobre partidos y gobiernos se transmuta en repulsa genérica, automática. El entorno actual lo hace viable. Vivimos tiempos de incertidumbre, que en lo intelectual y social se expresa como incredulidad pura y dura, no sólo frente a los mecanismos de acción colectiva, sino también respecto de nuestros semejantes.

Así, los órganos del Estado tienen la urgente necesidad de replantear su actuación, para hacerla, sobre todo, democrática, pero también eficiente en un contexto en que los añejos mecanismos y alcances del poder se han debilitado. Los partidos políticos, por su parte, se ven en la encrucijada de obstinarse en sus antiguos modos, modelos y mecanismos de promoción de sus posiciones, o bien de rediseñar sus mecanismos de interacción con una ciudadanía cada vez más crítica y escéptica, redefinir los marcos ideológicos de su actuación y generar nuevos estilos e instrumentos de intervención en la esfera pública. En esa tarea, la reflexión sobre sus interacciones con los órganos del Estado resulta indispensable.

Veo en la protesta que durante los últimos días protagonizaron los siete partidos políticos, y en las expresiones que en otros momentos han formulado los que permanecieron sentados a la mesa, parte de estos desafíos estructurales que la posmodernidad implica para partidos y autoridades.

Al momento, avanzamos en la solución de diferendos de coyuntura. No están aislados de las tensiones de largo plazo y carácter estructural que enfrenta la política y lo político. Hay mucho por hacer. Es momento de reivindicar la política, pensando no sólo en la siguiente elección sino en las próximas generaciones.

*Consejero Electoral del INE

@jsc_santiago
www.javiersantiagocastillo.com

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