18/08/2024
En el pasado el ungimiento de un nuevo titular del Ejecutivo Federal cerraba un ciclo, muchas veces tormentoso, y abría otro. En varias ocasiones los cambios se dieron con ruptura. El recién llegado podía haber sido el más obscuro burócrata, pero se transformaba en todopoderoso y requería legitimarse; así tuviera que devorar a quien lo había elevado a la cúspide del poder.
El paso del bastón de mando, que a pesar de ser la mexicana una sociedad mayormente urbana, cuajó en el imaginario colectivo de ciertos sectores sociales que comparten la visión de la continuidad por porosa que sea. El discurso de que se le va a poner un segundo piso a la cuarta transformación impactó al electorado. Más allá de la necesidad real de sanear a las instituciones, de forma particular la de justicia, los triunfadores han asumido que la votación los legitimó para llevar adelante todas las reformas constitucionales y legales incluidas en el “Plan C” aunque no se les haya informado o consultado a los electores.
Asumiendo que la coyuntura de 2024 es diferente a la de 2018, para abordar posibles escenarios que empujen reformas de fondo requerimos realizar una valoración de lo realizado durante el sexenio que agoniza, comparándolo con los planteamientos de la izquierda histórica. El reformismo de la izquierda independiente (PCM, PSUM, PMT y PRD en su primera etapa) tenía una propuesta de cambio estructural, con un buen grado de coherencia, con una visión de desarrollo y autonomía nacional, que no es lo mismo que autismo económico y político, acompañado de la edificación de un Estado de Bienestar que atendiera necesidades sociales básicas.
En este sexenio, desde el poder, ha prevalecido una visión reformista limitada, que ha tenido algunas propuestas particulares acertadas, pero carece de objetivos globales que vislumbren un nuevo rumbo al país. Ni siquiera se planteó realizar una reflexión crítica del proceso globalizador y la forma en que México se ha insertado en él y como debería ser en adelante.
La apuesta del actual gobierno, en materia económica, fue jugar todas las cartas con los Estados Unidos. Es claro que no existían condiciones para atreverse a no renovar el T-MEC. En ese momento México estaba atado, posteriormente la postura del presidente López Obrador fue alinearse con los Estados Unidos en su confrontación geoeconómica con China, gesto que no recibió muestras de reciprocidad. El país es una gran maquiladora productiva y eficiente, al servicio de los intereses estadounidenses. Existió margen, aunque acotado, para impulsar el multilateralismo comercial y tecnológico que no se aprovechó.
La constante fue la falta de planeación, el voluntarismo y la centralización en la toma de decisiones en materia financiera y económicas. No es casual que se nombraran tres secretarios de hacienda y dos de economía. Fue notoria la ausencia de un programa de desarrollo industrial y el que presentó Tatiana Clouthier antes de renunciar al cargo de Secretaria de Economía (2022), fue deficiente y tardío.
Desde la perspectiva política existen diferencias relevantes entre los dos momentos de acceso a la presidencia. López obrador logró el poder como líder indiscutible de Morena, de un amplio movimiento social y de una gran coalición política y electoral que incluyó partidos, empresarios, iglesias evangélicas, miembros del Yunque, del PAN, del PRI, sindicalistas, grupos indígenas y la vieja izquierda del PRD, que fue acompañada de un discurso político benefactor de los humildes: ”por el bien de todos, primero los pobres” y rijoso contra la mafia en el poder y la oligarquía.
A lo largo del sexenio rompió con diversos aliados que lo impulsaron al poder y se apoyó, cada vez más, en la burocracia profesionalmente perfecta: las fuerzas armadas, con una alta preparación técnica en diversas ramas del conocimiento y, sobre todo disciplinadas. La alianza se completó con los empresarios más ricos del país, que vieron incrementarse su riqueza y no se les incomodó con un centavo de incremento en el pago de impuestos.
Claudia Sheinbaum Pardo alcanzó la silla presidencial con una candidatura construida e impulsada por el líder carismático del movimiento, del partido y presidente de la República. Quien, además definió a los candidatos, ahora gobernadores de veintisiete entidades, así como de senadores y diputados federales.
Por otra parte, tejió los acuerdos políticos para tranquilizar las aguas de posibles disidencias de los aspirantes a la silla presidencial perdedores. Definió que tendrían que ocupar las coordinaciones de las cámaras de Diputados, Ricardo Monreal y Senadores, Adán Augusto López, y se les debería incluir en el gabinete. Ante la resistencia de Marcelo Ebrard a reconocer la candidatura de Sheinbaum, se tuvo que negociar con él y darle una de las secretarias más importantes en la coyuntura, la de economía, por la revisión del T-MEC en 2026.
Claudia Sheinbaum no tiene la fuerza política que tuvo López Obrador al llegar a la presidencia. Tiene que construir su propia imagen y fuerza política y, en algunos casos, tendrá que ser a contracorriente de los deseos del líder de la 4T. El deslinde se presenta en los hechos, al proponer una forma de gobernar diferente. Aunque, hay que reconocer que ha actuado con cautela, respetando los acuerdos definidos por el presidente y concediendo espacios en el Gabinete en lugares claves, como la secretaría de Gobernación.
Dos son los hechos políticos más relevantes en el proceso de transmisión del poder. La gira nacional del presidente y de la presidenta electa y, la integración del Gabinete. En el caso de la gira, la importancia estriba, no sólo en una segunda vuelta en el conocimiento del mosaico de la realidad nacional, el primero fue la campaña electoral.
Esta segunda vuelta permitirá a la presidenta, desde una perspectiva distinta, tener conocimiento complementario directo de actores y juegos políticos locales. Otra consecuencia de esos recorridos es la contribución al fortalecimiento de una imagen propia que tiene que ser cultivada a partir de la presencia física y de la dosis de carisma que proporciona por sí mismo el ejercicio del poder.
La composición del gabinete presidencial deja ver mecánicas del sistema político que vienen de antaño. Históricamente ha sido común que algunos secretarios de la administración saliente ocupen altos cargos en la entrante. Naturalmente enfrentamos una coyuntura particular, porque el presidente saliente mantiene una presencia política propia y fuerte. Guardando la distancia histórica y de contexto, esta situación tiene semejanzas con el ascenso a la presidencia del General Lázaro Cárdenas; cuando alrededor de la mitad del Gabinete estaba integrado por callistas.
Lo primero que ha hecho la presidenta es no sólo buscar y lograr la unidad de la 4T, sino restañar heridas políticas dejadas por el ejercicio del poder centralizado y protagónico. El caso más notorio fue el reencuentro con Cuauhtémoc Cárdenas y el nombramiento de su hijo Lázaro como Jefe de la Oficina de la Presidencia.
Al menos son once de los integrantes de Gabinete que ocupan puestos relevantes en la administración que fenece, incluyo al presidente Morena por razones obvias, repetirán en altos cargos con Sheinbaum. Aunque es necesario señalar que de estos personajes varios tienen una trayectoria que les otorga un peso político propio. El caso más notable es el de Juan Ramón de la Fuente.
La prudencia también ha impulsado retrasar el nombramiento de los secretarios de la Defensa y de Marina; aunque es necesario incluir los del jefe de la Guardia Nacional y de director del Centro Nacional de Inteligencia. Es un enigma si la presidenta continuará con la política de cederle espacios de poder económico a los militares o la atemperará. Porque sería complejo echarla atrás.
La imagen que se da es de continuismo, que no es lo mismo que continuidad, pero la experiencia histórica muestra que en la silla presidencial sólo hay lugar para una persona. Al tiempo.
*Profesor UAM-I,
@jsc_santiago