Hacia una sociedad sin distinciones

2018-01-18

Las acusaciones de abuso sexual contra distintas personalidades de la industria cinematográfica norteamericana han desatado una serie de pronunciamientos y campañas para visibilizar y combatir hechos que constituyen la violación de los derechos, así como la integridad y dignidad de las mujeres. El caso más paradigmático ha sido la confrontación entre la campaña difundida en redes sociales denominada #MeToo, y la carta firmada por el colectivo de celebridades francesas. 
Por una parte, los postulados de #MeToo se centran en denunciar las formas de la dominación del hombre sobre la mujer, considerando al patriarcado como el sistema que produce y reproduce la opresión contra las mujeres. Para las y los defensores de esta campaña, los hombres son los beneficiarios de esta dominación y, por esa razón, es necesario hacer frente a las situaciones de desventaja que viven diariamente las mujeres, y defender en los espacios públicos los derechos de las mujeres.
Por otra, la postura del colectivo de celebridades francesas se centra en denunciar que los pronunciamientos de la campaña #MeToo representan expresiones de odio hacia los hombres y al ejercicio libre de la sexualidad, pues parten de la idea que hablar de la igualdad entre los sexos no es la mejor vía para salir de la lógica de la dominación masculina.
Desde mi perspectiva, ambas posturas dicen algo sobre la realidad a la que se enfrentan las mujeres en los ámbitos público y privado. Es cierto que parte de la violencia contra las mujeres se sustenta en la premisa errónea de una supuesta superioridad masculina que discrimina a las mujeres y les asigna roles de género como el cuidado del hogar y los hijos, la maternidad, su función como objetos de placer y el acceso diferenciado a espacios de poder y de trabajo. Pero también lo es que la dicotomía entre buenos y malos no es el camino idóneo para superar las diferencias.
Considero indispensable romper con la lógica de opresión asignada por los roles los géneros, que sitúan discursivamente los actos y gestos sobre el “ser hombre” y el “ser mujer”, y representan un sistema de división sexual del trabajo. Las emergencias, desafortunadamente cotidianas, de violencia contra las mujeres son una realidad dolorosa que requieren acciones urgentes y la suma de esfuerzos para romper con estas prácticas.
Es, en el pensamiento, donde tiene origen esta desarticulación de un orden imperante, y también será en el pensamiento donde se decida el camino, o los caminos, alternos al sistema de dominación y abuso. La transformación del pensamiento requiere la conjunción de múltiples voluntades sociales, que transitan desde la familia y colectivos diversos hasta políticas públicas de Estado. En síntesis, hay que desarrollar una cultura de la igualdad y la no discriminación subsumida en una cultura democrática de respeto a la legalidad que impulse la justicia real: el respeto a las personas haciendo efectivos sus derechos, sin limitaciones ni subjetividades proclives a la discriminación.

*Profesor UAM-I
@jsc_santiago

Vía: ATTIMES.MX

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